Llevo años escuchando “The Hills” de The Weeknd. De hecho, la tengo en varias playlists: en la de ponerme guapo, en la de coger, en la de son las tres de la mañana, no puedo dormir y la ciudad se siente como un animal insaciable deseando devorarme. Me sé la melodía, el ritmo, ese bajo que te patea el pecho como una confesión dolorosa que no quieres admitir.
Pero nunca la había escuchado de verdad. Nunca le puse atención a la letra.
Hoy fue diferente. Ahí, tirado en mi cama, con audífonos puestos, mirando el techo como quien espera que le caigan las respuestas del cielo. Por primera vez escuché la letra. Y lo que escuché me pegó cabrón. Fue muy raro, porque de alguna forma no escuchaba a Abel Tesfaye. Me estaba escuchando a mí.
La Canción
Para quien no la conozca: “The Hills” es una confesión cruda, real y sin censura. Un tipo que sabe que él es la opción oscura y clandestina. Al que buscan cuando no hay nadie más. Al que se cogen a escondidas y fingen no conocer en la calle. Y él lo sabe. Y le vale. O al menos eso dice el cabrón.
La canción no romantiza nada. No hay un “te quiero” ni un “te necesito”, carajo, ni un “me importas.” Solo hay deseo crudo, exceso, y una honestidad brutal.
Y eso es exactamente lo que me pegó. Porque estos últimos años… yo he sido The Hills. He sido esa canción. He sido ese cabrón.
La Vida en Modo Rush
Voy a ser honesto, porque si no lo soy aquí en mi propio espacio, entonces para qué chingados escribo.
He tenido relaciones temporales, fugaces, pasajeras. Intensas como una ola de fuego que cruza el cuarto y quema todo en segundos. Mucha química. Mucha adrenalina. Mucho rush de lo nuevo, de la conquista, de sentir que existes porque alguien te desea.
Y luego… nada. El fuego se apaga igual de rápido que se encendió. Y bye. Next.
Yo me daba cuenta del patrón. No soy pendejo. Si tengo un superpoder, es la metacognición a mil. Sabía cuándo estaba buscando a alguien nuevo, sabía que era la adicción a la intensidad, al rush, al puro impulso que te calla la cabeza por un rato. Pero saberlo y hacer algo al respecto son dos animales completamente diferentes.
Porque en el fondo, debajo de la intensidad, debajo del deseo, debajo de todas esas noches que terminaban en la cama de alguien o en la mía, había algo que yo no quería aceptar. Un vacío enorme que la intensidad a lo mucho lograba anestesiar, pero nunca llenar.
La intensidad no es intimidad. La intensidad es fácil. La intimidad real, la de quedarte cuando ya no hay fuegos artificiales, la de ser visto en tu verdadero ser, tu yo difícil, tu yo aburrido, tu yo real… esa es la que da miedo.
El Juego que Crees Ganar, pero Siempre Pierdes
El patrón visto desde afuera se ve así: Buscas. Encuentras. Te enganchas. Se vuelve intenso. Todo son fuegos artificiales, piel y conversaciones profundas a las tres de la mañana. Y luego llega ese punto específico donde la cosa podría volverse real. Donde podría dejar de ser una canción intensa y convertirse en algo cotidiano, y vulnerable.
Y ahí es donde todo se va a la chingada.
Siempre hay una razón. Un pretexto convincente. “No éramos compatibles.” “Se puso muy intensa.” “No sentía lo mismo.” Mil razones que suenan lógicas pero que esconden la misma verdad: me fui antes de que me vieran de verdad. Me fui antes de que pudieran decidir que no soy suficiente.
Porque ese es el pedo detrás de todo. Si yo controlo cuándo me voy, nadie me puede sorprender con un abandono que no veo venir. Yo controlo la salida y así no me expongo a que me rompan el corazón.
Y sí, también me he sentido usado. Sé lo que se siente que alguien te busque solo cuando necesita llenar su propio vacío. Y yo iba. Siempre iba. Porque había algo perversamente cómodo en eso: si solo me quieren por partes, nunca tengo que ofrecerlo todo. Y si nunca ofrezco todo, nunca me podrán rechazar completo.
La Raíz de Todo
Miedo. Miedo intenso y visceral.
No miedo al compromiso, como dice la gente cuando no quiere escarbar más profundo. Miedo a que me conozcan completo. Con la doble excepcionalidad, con la intensidad, con los demonios, con las mil ideas, con los ciclos de energía y vacío, con mis batallas diarias por funcionar en un mundo que no fue hecho para mí. Y que después de todo eso, la respuesta sea: No vales la pena.
Miedo a comprometerme profundamente y fracasar. A invertir mi alma entera y que al final solo salga con el corazón destrozado. Porque si das todo y no funciona, no hay donde esconderte. No hay un “es que no era nada serio.” Te toca enfrentarlo a piel viva.
Entonces la estrategia era mantener el control. Casual. Intenso. Explosivo. Breve. Lo suficientemente efímero como para no involucrar el corazón. Así nadie lo puede romper.
Y eso, exactamente, es lo que canta Abel en The Hills. Un tipo que ya se dio cuenta del patrón pero no tiene intención de cambiarlo.
La diferencia es que yo ya no quiero seguir cantando esa canción.
Cuando la Intensidad Deja de Funcionar
Hay algo que no tomas en cuenta cuando vives así: el desgaste. No el desgaste de verse agotado. Es un desgaste interno, que te va erosionando algo que ni siquiera sabes que tienes, hasta que un día lo notas…
Cuando llevas años en un ciclo de intensidad, vacío, repetición, tu esencia se apaga. No te vuelves malo en lo que hacías bien. Simplemente te deja de importar. Es como un músico que toca la misma canción cien veces sin un público que le importe de verdad. Al principio la toca con el alma. Después la toca bien. Y al final solo la toca por tocarla.
Y ahí llega la mediocridad. La mediocridad de no querer. Cuando la conquista y la intensidad ya no tienen un “para qué” detrás, todo se vuelve mecánico. Das por sentado lo que antes te emocionaba. Te comparas contigo mismo en tu mejor momento y te ves pálido. Y te preguntas qué chingados te pasó.
Pero no es que hayas perdido algo. Es tu cuerpo, tu alma diciéndote que ya no quiere funcionar así. Que quiere algo real. Algo que valga la pena para darlo todo otra vez.
La Epifanía
Y entonces hoy, ahí tirado en la cama con los audífonos, escuchando esa canción que me sé de memoria, algo hizo clic.
No quiero vivir así.
No. Ya no quiero. Ya no me llena. Ya no me emociona.
Quiero algo completamente distinto.
Y necesito ser honesto con esto, porque aquí es donde siempre me he mentido: no es que “quiera conectar con alguien” como si fuera un deseo bonito y abstracto. Es que me muero por eso. Siempre me he muerto por eso. La ilusión profunda de encontrar al amor de mi vida nunca se fue. Lo que pasaba era que el miedo era más fuerte que la ilusión y entonces la anestesiaba con intensidad, con cuerpos, con fuego rápido que no alcanzara a quemar de verdad.
Y eso se acabó. No porque me haya vuelto valiente de un día para otro. Sino porque el precio de seguir huyendo ya es más alto que el precio de quedarme.
Mira, yo sé lo que traigo. Sé que mi mente es un huracán. Sé que mi intensidad asusta. Sé que mi necesidad de entender todo puede sentirse como un interrogatorio cuando en realidad es la forma más honesta que tengo de decir me importas. Sé que cargo un corazón todo parchadito, lleno de costuras, que ha sido roto tantas veces que a estas alturas ya parece arte kintsugi de las cicatrices.
Y precisamente por eso vale la pena entregarlo.
Porque un corazón que ha sido roto y sigue eligiendo abrirse es todo menos un corazón débil. Es un corazón que ya tomó una decisión. Y esa decisión no es ingenua, ni romántica, ni de película. Es la decisión más aterradora y más honesta que he tomado: voy a dejar que alguien me vea completo. Con todo. Y voy a confiar en que eso sea suficiente.
El miedo sigue aquí. Me aterroriza. No se va, no se cura, y nunca va a existir algo cien por ciento seguro.
Pero ya entendí algo fundamental: el miedo no desaparecera. El riesgo no se puede evadir. Tienes que enfrentarlo. Exponerte. Entregarte de lleno y dar lo mejor. Quedarte y ver que pasa.
La Decisión
Sé que va a llegar alguien. Sé que me voy a volver a enamorar. Y sé que en algún punto va a aparecer la vocecita de siempre con su “Vete. Vete antes de que duela.”
Y ahí es donde me voy a jugar todo.
Antes, esa vocecita ganaba siempre. Llegaba disfrazada de razón, de lógica, de “intuición”, y yo le hacía caso porque huir se sentía como protegerme. Pero lejos de ser protección. Era una cobardía elegante.
Ahora la estrategia es distinta. Cuando llegue esa vocecita, y va a llegar, porque siempre llega la hija de la chingada, no voy a callarla. No voy a fingir que no existe. Voy a escucharla. Voy a sentir el miedo completo. Y luego me voy a acomodar los huevos y voy a decidir no huir.
Sé que no será fácil. Pero ya probé la alternativa y la alternativa es esto: tirado en una cama a las tres de la mañana escuchando una canción sobre un tipo que se conformó con ser la opción clandestina de alguien. Y preguntándome cuándo dejé que esa fuera mi vida.
Ya no.
Quiero las mañanas de sábado con café y pláticas lentas. Quiero las peleas que se resuelven sin que nadie salga corriendo. Quiero la vulnerabilidad de que alguien me vea en mis peores días y decida quedarse. Y quiero la terribilísima, hermosísima posibilidad de que yo también me quede.
Quiero construir algo real. Nota por nota. Día por día. Con alguien que entienda que mi forma de amar es un huracan, sí, pero que en el centro de ese huracan hay una calma, una lealtad, y una entrega que no mucha gente puede ofrecer. Que entienda que cuando pregunto mucho no es desconfianza ni duda, es hambre de conocerla. Que cuando me quedo callado no me fui, estoy procesando cuánto me importa. Y que cuando digo te quiero, lo digo con cada maldita fibra de mi ser porque no sé decirlo de otra forma.
El Cambio de Canción
Hoy The Hills dejó de ser mi canción.
No porque ya no me guste. Es una canción cabrona. Pero dejé de identificarme con ella. Durante años viví como si ese fuera mi himno. Reflejaba algo que yo confundía con libertad: el tipo que no necesita a nadie, el que regala semanas intensas solo para desaparecer antes de que se vuelva peligroso.
Y sí, hay algo magnético en eso. No lo voy a negar.
Pero lo magnético se vuelve patético cuando te das cuenta de que no es libertad. Es el grillete del miedo arrastrandote del cuello.
Hoy elijo otra canción. No sé cuál es todavía. Probablemente no está escrita. Probablemente la voy a escribir yo, con alguien, nota por nota, día por día, en lo hermoso de quedarse y dejar de huir.
Sí, fui The Hills. Fui ese cabrón. Y estuvo bien mientras duró.
Pero hoy decido ser algo más. Algo mejor. Algo que dé miedo de una forma distinta.
La clase de miedo que vale la pena sentir.
