Frankenstein… El monstruo que quería una Novia.

“Debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído.”
– Mary Shelley, Frankenstein

Salí del cine con el corazón magullado. No por la locura, ni lo grotesco de lo que pasaba en pantalla. Por Frank. El monstruo de Victor Frankenstein, que camina por Chicago de los 30s con esa soledad que pesa como plomo en los huesos. El que, después de un siglo de rechazos, pide, suplica que le fabriquen una compañera, una mujer como él porque ya no aguanta más el vacío de estar solo.

Fui a ver “The Bride!” (La Novia 2026). Y aunque duele mucho admitirlo… me identifiqué con él.

Porque yo también soy un Frankenstein. No luciré como un monstruo, pero cargo un cerebro que no calza en ningún molde estándar. Doble Excepcionalidad (2E): TDAH + Altas Capacidades. Sí, puede sonar chingón, hasta como si tuviera superpoderes. Pero la verdad es un pinche rompecabezas donde las piezas sobran y faltan al mismo tiempo.

Mi mente corre a mil por hora en caminos que nadie más ve, salta de idea en idea como un pinball endemoniado, analiza todos los posibles resultados como una esfera de cristal poseída, pero al mismo tiempo se estrella contra paredes invisibles cuando toca lo básico: rutinas, respuestas a tiempo, funcionar en un mundo que no fue hecho para ella.

Y en el amor… ahí es donde el desastre se hace evidente.

He intentado. Carajo, con Dios como mi testigo lo he intentado. He abierto la puerta de mi caos con cuidado, he mostrado mi ser esperando que no me abandonen esta vez. Pero tarde o temprano mi intensidad abruma, mi silencio repentino desconcierta, mi hiperfoco en algo totalmente random confunde, o mi deseo de entender frustra. Y he visto cómo algo que empieza hermoso rápidamente es consumido por la incomprensión mutua.

Me he sentido monstruo mil veces. Me he parado frente al espejo después de una ruptura y me he dicho en voz baja… ¿Quién chingados va a querer esto?

¿Quién va a querer un hombre que ama con una fuerza que quema? Que necesita conexión profunda o se ahoga sin el oxígeno que lo hace vivir.

Un hombre que puede pasarse horas desmenuzando universos paralelos y al día siguiente desaparecer en su propia cabeza sin aviso. Un hombre que se identifica con películas como esta, y que escribe hasta las cuatro de la mañana porque las palabras son lo único que le da forma al desmadre interno. Un hombre que querrá hablar y resolver todo conflicto en afán de que nunca vuelva a suceder. Un hombre que, sí, a veces se siente defectuoso. Cosido con hilos flojos que se rompen cuando menos lo esperas.

Pero ayer, viendo a la Novia despertar (esa mezcla loca de Ida, Mary Shelley y algo nuevo, feroz y contradictorio), entendí algo que me rompió y me armó de nuevo.

La Novia no es la compañera perfecta y modosita que Frank soñaba. No señor, es un puto desastre glorioso con memorias ajenas, rabia, ternura, pasión. Y aun así (o justo por eso) encuentra en Frank a alguien que la ve de verdad, que la ve y entiende que todo ese desmadre la hace ser ella, como una igual en rareza. Alguien que entiende que ser diferente no es un defecto, realmente es una huella única en el universo.

Y ahí, en esa sala oscura, me cayó el veinte de lo que de verdad anhelo.

No busco quién me “arregle”, ni quien me “aguante”. Quiero a mi Novia, mi Bride. Esa mujer que, cuando me vea llegar con los ojos prendidos de emoción por una idea loca a las tres de la mañana no me trate con indiferencia. Que se siente conmigo al borde del abismo y me diga “Sigue, cuéntamelo todo”. Que entienda que mi mente es un huracán, sí. Pero que en el ojo hay una calma brutal, una lealtad que no se rompe, una capacidad de amar que pocos tienen.

Porque mi curiosidad por ella, esa genuina hambre de saberlo todo, de entender cada rincón de su alma, de mapear sus miedos y acciones, esa sed de entenderla, de conocerla. A menudo se confunde con desconfianza o con duda. Pregunto demasiado, profundizo en cosas triviales porque para mí ella no es trivial, quiero saber por qué lloró aquella vez, por qué luce triste está mañana, saber qué herida guarda en silencio.

Y muchas veces eso genera fricción. “¿Por qué dudas de mí?” Pero no dudo, quizá no se dio cuenta, pero la semana pasada me contó lo mismo, solo que con pequeñas variaciones. Y para una mente como la mía esas variaciones son notables, y no desconfío de ella, solo quiero saber la historia completa. Mi mente ama tanto como mi corazón. Quiere saberlo todo de ella, no para incomodarla… solo para conocerla.

Y cuando eso asusta o confunde, cuando se malinterpreta con desconfianza o intensidad, duele más que cualquier rechazo porque es mi forma más pura de conectar.

Quiero a alguien que mire las costuras de todas las veces que me han roto el corazón, de todas esas veces que fallé estrepitosamente… y no vea a un monstruo. Que vea a un hombre que ha sobrevivido a su propia creación. Que ha sido rechazado, abandonado, sí… pero que sigue buscando, sigue queriendo, sigue creyendo que existe una conexión capaz de sostener dos almas raras sin romperlas.

Porque no soy solo caos. Soy el que recuerda cada detalle de lo que dijiste hace meses. El que escribe poemas mentales mientras camina por la ciudad. El que se emociona con una canción y te abraza como si el mundo se acabara mañana. El que, cuando ama, ama con todo: cabeza a mil, corazón expuesto, y el cuerpo temblando de deseo y ternura.

Sigo abierto a conocer gente, a dejar que la vida me sorprenda… me da terror, no lo voy a negar. Pero en el fondo late la idea de encontrar a mi Bride algún día. Alguien que entienda que ser doblemente excepcional no me hace mejor ni peor. Solo diferente. Y que esa diferencia, con todo su peso y su luz, es lo que ofrezco con mi corazón abierto.

Si alguna vez te han dicho que eres “demasiado” o “intensa” o “complicada”, si alguna vez te has sentido tan reparada y cosida… quizás estemos buscando lo mismo.

Yo sigo aquí, con el corazón expuesto esperando. Más precavido, pero con la ilusión bonita. No como un monstruo que asusta. Como un hombre que, por fin, se atreve a decir: “Mira más allá de mis cicatrices… quédate… ámame por lo que soy, no a pesar de ello”.

Porque si incluso el monstruo lleno de cicatrices pudo encontrar a alguien que lo mire sin miedo…

Quizá todavía exista en este mundo alguien capaz de mirar mis cicatrices y… quedarse.